Ella, tan hermosa como siempre, estaba ahora llorando, derramando lágrimas por un amor no correspondido.
Nadie podía consolarla, nadie podía ayudarla a superar su malestar.
Tenía la mirada perdida, estaba ausente...
- ¿Sabes? - de pronto se giró hacia a mí sonriendo - Por fin me he dado cuenta de la realidad.
Yo no la comprendía. Me alegraba de ver una sonrisa en su rostro, pero desconocía el significado de sus palabras.
- Me he dado cuenta - prosiguió - de que no puedo estar llorando continuamente, eso no me devolvera los buenos momentos. Porque los buenos momentos no se roban ni se devuelven, se van y entonces vienen unos nuevos, momentos que fabricamos, en los que ponemos toda nuestra ilusión.
La miré sorprendida por su idea.
- Entonces, ¿qué me dices? - preguntó - ¿Me ayudas a crear esos buenos momentos?
Y así, sonriendo, se alejó de mí mientras tarareaba una bella canción que ya casi había olvidado.
"Cuando menos piensas sale el sol"
domingo, 30 de enero de 2011
sábado, 29 de enero de 2011
Más allá
Camino sin rumbo.
Me dejo guiar por mis pasos, cortos y apresurados, inconscientes.
Las calles me resultan familiares. Letreros coloridos, mucho tráfico y centenares de viandantes.
Choco contra un himbre que ni siquiera se percata de mí.
De pronto, mi avance se detiene.
Me giró y observo con cautela un portal.
Acercándome acaricio con lentitud la manilla de la puerta, noto el tacto frío del hierro en mi piel, la abro y entro.
Sigo sin saber a dónde voy, pero todo me resulta tan cercano, es como si hubiera estado ahí miles de veces.
Asciendo por las escaleras, esta vez sin prisa, mi destino no se moverá.
La primera puerta que me encuentro no me parece la correcta, continuo, entonces la veo, no se por qué pero esa es la puerta.
Esta abierta, vacilo solo un instante y me decido a entrar.
Un largo pasillo me recibe.
De repente freno, ¿qué estoy haciendo? Parezco una ladrona entrando a hurtadillas, que más da que la puerta estuviera abierta. Pero no me siento así, me siento en casa.
Dejo de recriminarme haber entrando y recorro las habitaciones.
Llego a la última y, de golpe, todo cobra sentido, recuerdo. Mis pasos adquieren un motivo.
Allí estás tú, sentado en el suelo, lloras. Me gustaría poder consolarte, pero se cual es el motivo y comprendo que no hay nada que yo pueda hacer.
En el suelo, sin vida, está mi cuerpo. Me acerco a ti.
Tú, aun en medio de aquella estampa, rodeado de tanta tristeza, sigues teniendo una belleza insólita, infinita.
Se que no puedes verme y las lágrimas resbalan ahora, libres, por mis mejillas.
Te abrazo con suavidad y te doy un pequeño beso, es mi despedida.
Entonces tú lo notas y te acaricias los labios con sorpresa. Sonries debilmente y susurras un Te Quiero.
Después, llega la oscuridad.
Me dejo guiar por mis pasos, cortos y apresurados, inconscientes.
Las calles me resultan familiares. Letreros coloridos, mucho tráfico y centenares de viandantes.
Choco contra un himbre que ni siquiera se percata de mí.
De pronto, mi avance se detiene.
Me giró y observo con cautela un portal.
Acercándome acaricio con lentitud la manilla de la puerta, noto el tacto frío del hierro en mi piel, la abro y entro.
Sigo sin saber a dónde voy, pero todo me resulta tan cercano, es como si hubiera estado ahí miles de veces.
Asciendo por las escaleras, esta vez sin prisa, mi destino no se moverá.
La primera puerta que me encuentro no me parece la correcta, continuo, entonces la veo, no se por qué pero esa es la puerta.
Esta abierta, vacilo solo un instante y me decido a entrar.
Un largo pasillo me recibe.
De repente freno, ¿qué estoy haciendo? Parezco una ladrona entrando a hurtadillas, que más da que la puerta estuviera abierta. Pero no me siento así, me siento en casa.
Dejo de recriminarme haber entrando y recorro las habitaciones.
Llego a la última y, de golpe, todo cobra sentido, recuerdo. Mis pasos adquieren un motivo.
Allí estás tú, sentado en el suelo, lloras. Me gustaría poder consolarte, pero se cual es el motivo y comprendo que no hay nada que yo pueda hacer.
En el suelo, sin vida, está mi cuerpo. Me acerco a ti.
Tú, aun en medio de aquella estampa, rodeado de tanta tristeza, sigues teniendo una belleza insólita, infinita.
Se que no puedes verme y las lágrimas resbalan ahora, libres, por mis mejillas.
Te abrazo con suavidad y te doy un pequeño beso, es mi despedida.
Entonces tú lo notas y te acaricias los labios con sorpresa. Sonries debilmente y susurras un Te Quiero.
Después, llega la oscuridad.
Una tarde de café
Me encontraba sola, caminando sin rumbo, pérdida.
No sabía a dónde dirigirme, ni qué hacer.
Entonces, me acordé de aquellas tardes en las que junto a ti me tomaba un simple café,
me acordé de los buenos momentos en aquella mesa, siempre la misma. Aquella camarera que nos miraba, y sonreía al ver nuestra felicidad. El día en que vinieron, también, tus amigos... El último día que fuimos...
Mis pasos incontrolables me guiaron hasta aquella cafetería, entré y me senté en aquella mesa, nuestra mesa.
La camarera no se percató de mi presencia, estaba demasiado ocupada con todas aquellas parejas, todos aquellos amigos... Mesas repletas de felicidad, salvo la mía, solitaria y olvidada.
La puerta de la cafetería se abrió y entró una chica joven, de mi edad, llevaba un corto vestido de flores y el pelo suavemente recogido en una sencilla cola.
Se sentó en una mesa cercana y llamó a la camarera.
De repente entraste tú.
La camarera te vio y me miró a mí, supuso que veníamos juntos, como siempre, y se alegro de que volvieramos después de tanto tiempo ya. Pero pronto se dio cuenta de su error y contempló, al igual que yo, como era la chica del vestido tu acompañante. Escuchó vuestra petición y se alejó mirandome con compasión, dejandome allí, vacía, desolada.
No sabía a dónde dirigirme, ni qué hacer.
Entonces, me acordé de aquellas tardes en las que junto a ti me tomaba un simple café,
me acordé de los buenos momentos en aquella mesa, siempre la misma. Aquella camarera que nos miraba, y sonreía al ver nuestra felicidad. El día en que vinieron, también, tus amigos... El último día que fuimos...
Mis pasos incontrolables me guiaron hasta aquella cafetería, entré y me senté en aquella mesa, nuestra mesa.
La camarera no se percató de mi presencia, estaba demasiado ocupada con todas aquellas parejas, todos aquellos amigos... Mesas repletas de felicidad, salvo la mía, solitaria y olvidada.
La puerta de la cafetería se abrió y entró una chica joven, de mi edad, llevaba un corto vestido de flores y el pelo suavemente recogido en una sencilla cola.
Se sentó en una mesa cercana y llamó a la camarera.
De repente entraste tú.
La camarera te vio y me miró a mí, supuso que veníamos juntos, como siempre, y se alegro de que volvieramos después de tanto tiempo ya. Pero pronto se dio cuenta de su error y contempló, al igual que yo, como era la chica del vestido tu acompañante. Escuchó vuestra petición y se alejó mirandome con compasión, dejandome allí, vacía, desolada.
Reflexiones
A veces me pregunto cómo es mi verdadera personalidad, cómo soy.
Las palabras se agolpan en mi mente pero no se decidirme por ninguna: soñadora, ingenua, romántica, enamoradiza...
Últimamente no se siquiera si estoy haciendo las cosas bien, sino será toda mi vida un gran error.
Busco un horizonte al que entregarme, un propósito que cumplir, un sueño que satisfacer.
Pero solo encuentro errores, obstáculos y decepciones.
Una nueva equivocación, otra lágrima derramada, sueños rotos.
Entonces, me doy cuenta de esas personas que están ahí siempre, las mismas que a veces me hacen daño diciéndome las cosas que necesito oir, aunque duela. Esas personas que cuando te ven triste te hacen sonreír, que están en los buenos momentos pero también en los malos, en esos en los que el resto del mundo te da la espalda.
Mi mundo deja de tambalearse durante unos instantes y pienso, ellas, si ellas, mis amigas, esas que siempre están ahí, las que día a día logran hacerme feliz.
Las palabras se agolpan en mi mente pero no se decidirme por ninguna: soñadora, ingenua, romántica, enamoradiza...
Últimamente no se siquiera si estoy haciendo las cosas bien, sino será toda mi vida un gran error.
Busco un horizonte al que entregarme, un propósito que cumplir, un sueño que satisfacer.
Pero solo encuentro errores, obstáculos y decepciones.
Una nueva equivocación, otra lágrima derramada, sueños rotos.
Entonces, me doy cuenta de esas personas que están ahí siempre, las mismas que a veces me hacen daño diciéndome las cosas que necesito oir, aunque duela. Esas personas que cuando te ven triste te hacen sonreír, que están en los buenos momentos pero también en los malos, en esos en los que el resto del mundo te da la espalda.
Mi mundo deja de tambalearse durante unos instantes y pienso, ellas, si ellas, mis amigas, esas que siempre están ahí, las que día a día logran hacerme feliz.
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