sábado, 29 de enero de 2011

Más allá

Camino sin rumbo.
Me dejo guiar por mis pasos, cortos y apresurados, inconscientes.
Las calles me resultan familiares. Letreros coloridos, mucho tráfico y centenares de viandantes.
Choco contra un himbre que ni siquiera se percata de mí.
De pronto, mi avance se detiene.
Me giró y observo con cautela un portal.
Acercándome acaricio con lentitud la manilla de la puerta, noto el tacto frío del hierro en mi piel, la abro y entro.
Sigo sin saber a dónde voy, pero todo me resulta tan cercano, es como si hubiera estado ahí miles de veces.
Asciendo por las escaleras, esta vez sin prisa, mi destino no se moverá.
La primera puerta que me encuentro no me parece la correcta, continuo, entonces la veo, no se por qué pero esa es la puerta.
Esta abierta, vacilo solo un instante y me decido a entrar.
Un largo pasillo me recibe.
De repente freno, ¿qué estoy haciendo? Parezco una ladrona entrando a hurtadillas, que más da que la puerta estuviera abierta. Pero no me siento así, me siento en casa.
Dejo de recriminarme haber entrando y recorro las habitaciones.
Llego a la última y, de golpe, todo cobra sentido, recuerdo. Mis pasos adquieren un motivo.
Allí estás tú, sentado en el suelo, lloras. Me gustaría poder consolarte, pero se cual es el motivo y comprendo que no hay nada que yo pueda hacer.
En el suelo, sin vida, está mi cuerpo. Me acerco a ti.
Tú, aun en medio de aquella estampa, rodeado de tanta tristeza, sigues teniendo una belleza insólita, infinita.
Se que no puedes verme y las lágrimas resbalan ahora, libres, por mis mejillas.
Te abrazo con suavidad y te doy un pequeño beso, es mi despedida.
Entonces tú lo notas y te acaricias los labios con sorpresa. Sonries debilmente y susurras un Te Quiero.
Después, llega la oscuridad.

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