sábado, 29 de enero de 2011

Una tarde de café

Me encontraba sola, caminando sin rumbo, pérdida.
No sabía a dónde dirigirme, ni qué hacer.
Entonces, me acordé de aquellas tardes en las que junto a ti me tomaba un simple café,
me acordé de los buenos momentos en aquella mesa, siempre la misma. Aquella camarera que nos miraba, y sonreía al ver nuestra felicidad. El día en que vinieron, también, tus amigos... El último día que fuimos...
Mis pasos incontrolables me guiaron hasta aquella cafetería, entré y me senté en aquella mesa, nuestra mesa.
La camarera no se percató de mi presencia, estaba demasiado ocupada con todas aquellas parejas, todos aquellos amigos... Mesas repletas de felicidad, salvo la mía, solitaria y olvidada.
La puerta de la cafetería se abrió y entró una chica joven, de mi edad, llevaba un corto vestido de flores y el pelo suavemente recogido en una sencilla cola.
Se sentó en una mesa cercana y llamó a la camarera.
De repente entraste tú.
La camarera te vio y me miró a mí, supuso que veníamos juntos, como siempre, y se alegro de que volvieramos después de tanto tiempo ya. Pero pronto se dio cuenta de su error y contempló, al igual que yo, como era la chica del vestido tu acompañante. Escuchó vuestra petición y se alejó mirandome con compasión, dejandome allí, vacía, desolada.

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