- ¿Sabes? Cada día que paso a tu lado tengo más miedo.
- ¿Miedo? ¿De qué?
- De enamorarme loca, perdida e irremediablemente.
- Yo creía que esa era nuestra intención. Enamorarnos el uno del otro, así, locamente.
- Pero tú... Sabes bien a que me refiero. ¿Y si me enamoro y luego...?
- ¿Se acaba? ¿Es eso, verdad? Tienes miedo a que te deje, a que me vaya...
Agaché la cabeza e intenté controlar las lágrimas. Había estropeado un momento tan bonito.
- Mírame. No estoy enfadado.
Lo miré sorprendida.
- Lo único que quiero que sepas es que no voy a dejarte. No estoy jugando contigo... No esta vez.
- Prometemelo.
- Te lo prometo. Pero tú... amame.
- Siempre lo haré.
lunes, 31 de enero de 2011
Cuando el sol se oculta
Oía unos pasos, lentos, silenciosos.
Todas las noches los mismos pasos, con la misma cadencia, el mismo eco que retumbaba en toda la casa.
Pero siempre se detenían en la puerta de su habitación, y un par de veces que había intentado ver algo no había encontrado a nadie.
Empezaba a pensar que se había vuelto loca.
Tenía tanto miedo que había acabado por poner varias alarmas, sensores y en un acto de desesperación incluso se había comprado un perro guardián.
- Estoy obsesionada - se repetía una y otra vez.
Pero aquellos pasos eran tan reales, no podían ser imaginaciones suyas.
Había llegado a temer por su propia vida, aunque no se le había acercado nadie.
Lo peor era que, excepto ella, nadie tenía las llaves de casa, además, la alarma no había sonado ni una sola vez.
Una noche decidió colocarse en la puerta de la casa, a esperar a que llegase su extraño visitante.
Estaba a punto de dormirse, agotada, cuando una sombra captó su atención.
- ¿Quién es? - preguntó alarmada.
Un hombre se acercó a ella lentamente.
La cabeza le daba vueltas, estaba muy nerviosa.
- Hola - el hombre la abrazó dulcemente - Siento haberte asustado.
Ella ya no tenía miedo. Conocía aquel hombre, amaba a aquel hombre.
- Venía todas las noches - reconoció - Pero nunca tuve el valor de confesartelo.
Un dulce beso.
Ahora el miedo es tan solo un vago recuerdo.
Ambos son felices.
Todas las noches los mismos pasos, con la misma cadencia, el mismo eco que retumbaba en toda la casa.
Pero siempre se detenían en la puerta de su habitación, y un par de veces que había intentado ver algo no había encontrado a nadie.
Empezaba a pensar que se había vuelto loca.
Tenía tanto miedo que había acabado por poner varias alarmas, sensores y en un acto de desesperación incluso se había comprado un perro guardián.
- Estoy obsesionada - se repetía una y otra vez.
Pero aquellos pasos eran tan reales, no podían ser imaginaciones suyas.
Había llegado a temer por su propia vida, aunque no se le había acercado nadie.
Lo peor era que, excepto ella, nadie tenía las llaves de casa, además, la alarma no había sonado ni una sola vez.
Una noche decidió colocarse en la puerta de la casa, a esperar a que llegase su extraño visitante.
Estaba a punto de dormirse, agotada, cuando una sombra captó su atención.
- ¿Quién es? - preguntó alarmada.
Un hombre se acercó a ella lentamente.
La cabeza le daba vueltas, estaba muy nerviosa.
- Hola - el hombre la abrazó dulcemente - Siento haberte asustado.
Ella ya no tenía miedo. Conocía aquel hombre, amaba a aquel hombre.
- Venía todas las noches - reconoció - Pero nunca tuve el valor de confesartelo.
Un dulce beso.
Ahora el miedo es tan solo un vago recuerdo.
Ambos son felices.
Sonrisas
Sonrisas
Tan necesarias.
Las que nos dan tanta felicidad.
A veces, falsas.
A veces, de plenitud.
Las que tratamos de ocultar.
Las que mostramos.
Todo lo que queremos y lo que nos angustia
puede esconderse en una sola sonrisa.
domingo, 30 de enero de 2011
¿Quiénes somos?
Nos solemos esconder tras capas de mentiras o indiferencia, todo el mundo lo hace, es un escudo protector.
Ocultos en esa protección dejamos que ciertas cosas no nos afecten, pensamos más en nosotros mismos, y no nos damos cuenta, en ocasiones, del sufrimiento ajeno.
Otras personas olvidan crear su escudo, se dejan tan solo la piel y reciben sin posible protección todo el daño, el suyo y el del resto.
Ocultos en esa protección dejamos que ciertas cosas no nos afecten, pensamos más en nosotros mismos, y no nos damos cuenta, en ocasiones, del sufrimiento ajeno.
Otras personas olvidan crear su escudo, se dejan tan solo la piel y reciben sin posible protección todo el daño, el suyo y el del resto.
No es bueno ni una cosa ni la otra.
Debemos saber ponernos en el lugar del otro y mantenernos en el nuestro.
Asi que... ¡Ponte la ropa, sonríe y sal a disfrutar!
Colores
Colores, colores, colores...
A veces lo vemos todo en blanco y negro. Todo es malo o todo es bueno.
Sin embargo, existen los colores, los matices.
Cada momento puede tener cosas buenas, cosas malas, cosas que nos resultan indiferentes, diferencias...
Es similar a un paisaje, con cosas magnificas, cosas que "sobran", y esas cosas en las que no nos fijamos.
Seguramente si empezaramos a mirar la vida a color y no en blanco y negro, todo iría mejor, todo tendría más valor.
A veces lo vemos todo en blanco y negro. Todo es malo o todo es bueno.
Sin embargo, existen los colores, los matices.
Cada momento puede tener cosas buenas, cosas malas, cosas que nos resultan indiferentes, diferencias...
Es similar a un paisaje, con cosas magnificas, cosas que "sobran", y esas cosas en las que no nos fijamos.
Seguramente si empezaramos a mirar la vida a color y no en blanco y negro, todo iría mejor, todo tendría más valor.
Cuando menos piensas sale el sol
Ella, tan hermosa como siempre, estaba ahora llorando, derramando lágrimas por un amor no correspondido.
Nadie podía consolarla, nadie podía ayudarla a superar su malestar.
Tenía la mirada perdida, estaba ausente...
- ¿Sabes? - de pronto se giró hacia a mí sonriendo - Por fin me he dado cuenta de la realidad.
Yo no la comprendía. Me alegraba de ver una sonrisa en su rostro, pero desconocía el significado de sus palabras.
- Me he dado cuenta - prosiguió - de que no puedo estar llorando continuamente, eso no me devolvera los buenos momentos. Porque los buenos momentos no se roban ni se devuelven, se van y entonces vienen unos nuevos, momentos que fabricamos, en los que ponemos toda nuestra ilusión.
La miré sorprendida por su idea.
- Entonces, ¿qué me dices? - preguntó - ¿Me ayudas a crear esos buenos momentos?
Y así, sonriendo, se alejó de mí mientras tarareaba una bella canción que ya casi había olvidado.
"Cuando menos piensas sale el sol"
Nadie podía consolarla, nadie podía ayudarla a superar su malestar.
Tenía la mirada perdida, estaba ausente...
- ¿Sabes? - de pronto se giró hacia a mí sonriendo - Por fin me he dado cuenta de la realidad.
Yo no la comprendía. Me alegraba de ver una sonrisa en su rostro, pero desconocía el significado de sus palabras.
- Me he dado cuenta - prosiguió - de que no puedo estar llorando continuamente, eso no me devolvera los buenos momentos. Porque los buenos momentos no se roban ni se devuelven, se van y entonces vienen unos nuevos, momentos que fabricamos, en los que ponemos toda nuestra ilusión.
La miré sorprendida por su idea.
- Entonces, ¿qué me dices? - preguntó - ¿Me ayudas a crear esos buenos momentos?
Y así, sonriendo, se alejó de mí mientras tarareaba una bella canción que ya casi había olvidado.
"Cuando menos piensas sale el sol"
sábado, 29 de enero de 2011
Más allá
Camino sin rumbo.
Me dejo guiar por mis pasos, cortos y apresurados, inconscientes.
Las calles me resultan familiares. Letreros coloridos, mucho tráfico y centenares de viandantes.
Choco contra un himbre que ni siquiera se percata de mí.
De pronto, mi avance se detiene.
Me giró y observo con cautela un portal.
Acercándome acaricio con lentitud la manilla de la puerta, noto el tacto frío del hierro en mi piel, la abro y entro.
Sigo sin saber a dónde voy, pero todo me resulta tan cercano, es como si hubiera estado ahí miles de veces.
Asciendo por las escaleras, esta vez sin prisa, mi destino no se moverá.
La primera puerta que me encuentro no me parece la correcta, continuo, entonces la veo, no se por qué pero esa es la puerta.
Esta abierta, vacilo solo un instante y me decido a entrar.
Un largo pasillo me recibe.
De repente freno, ¿qué estoy haciendo? Parezco una ladrona entrando a hurtadillas, que más da que la puerta estuviera abierta. Pero no me siento así, me siento en casa.
Dejo de recriminarme haber entrando y recorro las habitaciones.
Llego a la última y, de golpe, todo cobra sentido, recuerdo. Mis pasos adquieren un motivo.
Allí estás tú, sentado en el suelo, lloras. Me gustaría poder consolarte, pero se cual es el motivo y comprendo que no hay nada que yo pueda hacer.
En el suelo, sin vida, está mi cuerpo. Me acerco a ti.
Tú, aun en medio de aquella estampa, rodeado de tanta tristeza, sigues teniendo una belleza insólita, infinita.
Se que no puedes verme y las lágrimas resbalan ahora, libres, por mis mejillas.
Te abrazo con suavidad y te doy un pequeño beso, es mi despedida.
Entonces tú lo notas y te acaricias los labios con sorpresa. Sonries debilmente y susurras un Te Quiero.
Después, llega la oscuridad.
Me dejo guiar por mis pasos, cortos y apresurados, inconscientes.
Las calles me resultan familiares. Letreros coloridos, mucho tráfico y centenares de viandantes.
Choco contra un himbre que ni siquiera se percata de mí.
De pronto, mi avance se detiene.
Me giró y observo con cautela un portal.
Acercándome acaricio con lentitud la manilla de la puerta, noto el tacto frío del hierro en mi piel, la abro y entro.
Sigo sin saber a dónde voy, pero todo me resulta tan cercano, es como si hubiera estado ahí miles de veces.
Asciendo por las escaleras, esta vez sin prisa, mi destino no se moverá.
La primera puerta que me encuentro no me parece la correcta, continuo, entonces la veo, no se por qué pero esa es la puerta.
Esta abierta, vacilo solo un instante y me decido a entrar.
Un largo pasillo me recibe.
De repente freno, ¿qué estoy haciendo? Parezco una ladrona entrando a hurtadillas, que más da que la puerta estuviera abierta. Pero no me siento así, me siento en casa.
Dejo de recriminarme haber entrando y recorro las habitaciones.
Llego a la última y, de golpe, todo cobra sentido, recuerdo. Mis pasos adquieren un motivo.
Allí estás tú, sentado en el suelo, lloras. Me gustaría poder consolarte, pero se cual es el motivo y comprendo que no hay nada que yo pueda hacer.
En el suelo, sin vida, está mi cuerpo. Me acerco a ti.
Tú, aun en medio de aquella estampa, rodeado de tanta tristeza, sigues teniendo una belleza insólita, infinita.
Se que no puedes verme y las lágrimas resbalan ahora, libres, por mis mejillas.
Te abrazo con suavidad y te doy un pequeño beso, es mi despedida.
Entonces tú lo notas y te acaricias los labios con sorpresa. Sonries debilmente y susurras un Te Quiero.
Después, llega la oscuridad.
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